miércoles, 26 de diciembre de 2012

#NoDebemosNoPagamos

A raíz de un interesante artículo de Bibiana Medialdea, titulado "El tabú del impago" me invaden algunas reflexiones vinculadas al Hashtag #NoDebemosNoPagamos.
La deuda como herramienta al servicio de la privatización, hoy parece la solución ideal de nuestros gobernantes para despojar a los ciudadanos de los recursos públicos autogestionados a través de la administración, o será otro capítulo de acumulación por desposesión como lo define David Harvey.
Pero sin entrar en las disquisiciones macroeconómicas que conlleva la decisión de hacer frente o no a la deuda, las amenazas y consecuencias reales de tal decisión, o la oportunidad que brinda la actual situación a las tesis neoliberales. Me voy a adentrar en algo mucho más cercano, en algo que todos tenemos dentro y supone el elemento esencial que permite a los núcleos de poder jugar a su antojo con esta herramienta, la deuda como emoción.
Aquí un ejemplo, de como nuestros vecinos sucumben a la deuda como herramienta al servicio de los poderes financieros.



En este mundo globalizado la interconexión no es una opción. El sujeto es la unidad elemental consensuada de producción y consumo, el sujeto encaja el azote de los recortes en sus derechos laborales y  las caricias de las campañas de marketing. El sujeto es el limite de toda acción económica. Pero existe un mundo más allá, un mundo que trabaja con las emociones del productor mediante coach y del consumidor mediante el neutro-marketing. Entonces, porque no profundizar en las emociones del endeudado, ese ciudadano que debe hacer frente a la responsabilidad de su deuda por encima de las necesidades más básicas.
La emoción de la deuda surge a través de un mecanismo que Heider en su teoría de la atribución explica perfectamente, como ingredientes; un Locus externo, con la vulnerabilidad que supone para la autoestima depender en exceso de las influencias, la estabilidad en el mensaje y la falta de control sobre el propio fracaso.  La conducta del endeudado esta escrita, continuamente nos llegan mensajes de como se tiene que comportar el endeudado, primero la deuda, después lo demás. Pareciera que mediante la atribución quisieran inyectar esta emoción en lo más profundo del limbo, como si de una reforma constitucional se tratara, persiguiendo que algún día fuera un reflejo, ese mecanismo incuestionable que forma parte de nuestra condición. El marco jurídico es ese botón que aplica las descargas cuando nos salimos del camino, esa ley que abiertamente premia a los que desahucian, esa prima que solo es de riesgo para los ciudadanos.
Entonces la cantidad no importa, la cantidad es solo la longitud del palo en cuyo extremo está la zanahoria, lo importante es el movimiento, la búsqueda continua, satisfacer la necesidad de hacer frente a la deuda y mantener viva la ilusión de que algún día dejará de existir. Y detrás de ese movimiento, se esconde el verdadero interés, se esconde el motivo, la sensación de elegir libremente lo que uno debe hacer.
El látigo nace de dentro, se situa tras una responsabilidad fabricada a medida de intereses ajenos, hace de nosotros un ejercito de endeudados, de esa mayoría silenciosa que asume sus obligaciones. Hoy, el mayor enemigo esta dentro, y sólo con una actitud crítica hacia eso que llaman "la única opción" los que viven de la deuda, entenderemos que no son mercados sino parásitos.
Y así funciona la emoción de la deuda, como la otra cara de la moneda que con orgullo muestran con una mano los mismos que nos dirigen enseñándonos la zanahoria con la otra, la libertad.