viernes, 28 de diciembre de 2012

#apalabrados

Como ese camarero que se llena el vaso de algún licor que en color parece una infusión, con una cuchara lo agita tranquilamente y cuando lo acerca a los labios, sopla, y habiendo superado la incomoda atención de clientes curiosos, bebe otro trago...

Ayer el pleno de la Asamblea de Madrid daba un paso decisivo hacia la privatización de la sanidad. Uno de esos trámites que llegan a ser incómodos y aburridos, no hay nada que discutir, las decisiones ya están tomadas, pero esta caprichosa cáscara de democracia nos obliga a mantener la atención en el vacío dialéctico. Esto debía parecerles al menos a dos diputados del Partido Popular, ayer justo antes de pulsar ese botón que les llevó de lleno a un momento apasionante, un partida de apalabrados. 
¿Qué sería de la aburrida rutina, tras la barra del escaño, si no fuera por estos lingotazos de evasión sobre la responsabilidad pagada?



Cuando la frialdad del argumentario, hace del discurso sobre la necesaria competitividad de los trabajadores, una de sus lineas rojas infranqueables, tilda el absentismo y escaqueo como unos de esos lujos insoportables para quien invierte su patrimonio en darte un puesto de trabajo. Y esto se repite, y se repite, hasta que se acepta de forma generalizada. La culpa es de los irresponsables.

Pero hay algo, una fuerza que sale de dentro, que a este camarero irresponsable, le hace justificar el despido de ingratos contratados, hace suyo el argumentario de quienes antes lo hicieron suyo.

Como ocurre con los zapatos en la puerta de la mezquita, en la asamblea, no se puede pisar sobre la coherencia que se le exige a la plebe, la moqueta les hace flotar sobre el halo que otorga la legitimidad del acta de diputado. 
Más tarde, al regresar a la dureza del hormigón, el perdón de carrerilla no se hace esperar, un perdón que humaniza. Bien después de matar a un elefante, o de jugar una partidilla, siempre saca del apuro en que hoy, el dichoso pajarillo azul, mete a todo buen español.

Y ¿Él perdón será suficiente?. 
El licor es caro, turba el razonamiento, y lo peor de todo, la confianza está rota. Ahora la reforma laboral facilita el divorcio entre empleados y empleadores, ahora resulta muy costoso reparar esta relación. Y total, hay veinte esperando en la puerta.

Para estos dos diputados, no había veinte, había cientos, miles de sanitarios protestando por lo que se perdía en ese pleno, porque lo que se estaba aprobando era una decisión que afecta a muchas vidas, vidas que caminan sobre el hormigón, y muchas, también descalzas.

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